Como
simples ciudadanos cada vez somos más conscientes de que vivimos en un mundo
que se ha globalizado: el fenómeno toca ya todos los aspectos de la vida
social, la economía en primer término. Como nunca, los procesos culturales educativos
trascienden las fronteras y, apenas sin sentirlo, se “globaliza” también
nuestra percepción del mundo. Las nuevas tecnologías y su aplicación al
desarrollo de la producción, las finanzas y los servicios, entre otras áreas,
han impuesto un ritmo de vértigo a los asuntos humanos. En pocos segundos nos
enlazamos con países remotos, hablamos e investigamos de un lado al otro del
planeta. Tenemos herramientas que nos permiten ver, escuchar y leer en tiempo
real lo que se hace, dice o escribe en cualquier parte del planeta; incluso la
medicina se vale de ellas para mejorar la calidad de los servicios que los
profesionales imparten en cualquier lugar, por aislado que parezca.
Estamos,
ante una auténtica revolución del conocimiento, incomparablemente mayor y más
profunda que otras ocurridas en la historia. Aunque estos cambios son positivos
y ya se hacen sentir incluso en la vida diaria, aún desconocemos a ciencia
cierta hacia dónde nos llevará esta revolución en marcha y cómo transformará a
las sociedades y sus paradigmas.
Por
eso mismo, en términos de la educación es importante reconocer el significado
de las nuevas tecnologías, pero cada vez es más necesario preguntarnos por la
naturaleza de los valores que las sociedades desean mantener, reproducir o
cambiar.
Si
aceptamos que de la producción de conocimientos y de mecanismos o redes de
información depende el estar o no en el nuevo mundo globalizado, entonces es un
imperativo que los distintos sistemas educativos reconozcan explícita y
prácticamente la importancia de que las personas, las instituciones (públicas y
privadas) y en definitiva los estados que agrupan a las naciones pongan al día
sus capacidades en el menor tiempo posible.
La
educación es la principal inversión de infraestructura en la era de la
información. Pero la reforma educativa no consiste sólo en mayor escolarización
o en introducir Internet en las escuelas. Pasa, sobre todo, por la formación de
los formadores, tanto en método pedagógico como en conocimientos especializados
y en familiaridad con las nuevas herramientas tecnológicas, implica también una
utilización de las nuevas formas de enseñanza virtual que aceleran la formación
de los formadores y permiten quemar etapas. No es una política fácil ni rápida,
pero es la condición indispensable para la transición de conjunto de la
sociedad al informacionismo.
La
globalización de las economías y la internacionalización educativa están
reflejando cada vez más la mundialización del aprendizaje y de la
investigación. Las integraciones internacionales, regionales y mundiales son a
la vez las grandes avenidas que hoy en día se recorren gracias a las nuevas
tecnologías y a las súper carreteras de la información. La internacionalización
de la educación superior es un tema que ha dejado de ser hipotético entre
nosotros. Por ello no es gratuito encontrar opiniones especializadas que
plantean la necesidad de reconocer este mundo en construcción como un
imperativo real que, entre otras cuestiones, obliga al diseño de nuevas
estrategias que sepan enfrentar lo que ya está en curso prácticamente en el mundo
entero.
En
cualquier caso, para ser útil al desarrollo, la reforma de los sistemas
educativos, en especial la enseñanza universitaria, debe realizarse sin
renunciar a su papel social, al ejercicio de sus propios valores críticos. O dicho,
en otros términos, se requiere asumir el cambio generado por la globalización
sin convertir a los centros de enseñanza e investigación básica en meros
apéndices instrumentales de los criterios económicos en boga. La modernización
de la universidad debe regirse a su vez por un orden de prioridades propias,
vinculadas con las necesidades de la comunidad a la cual pertenecen.
En ese amplio y complejo contexto internacional, la escuela, en general, y la universidad, en particular, además de ser productoras de conocimientos y de investigaciones científicas y culturales, pueden desempeñar un papel decisivo en dos grandes temas de actualidad: la solidaridad entre individuos, estados y naciones, y la construcción de una ciudadanía moderna y global.
Vincular
educación y desarrollo es la tarea pendiente de nuestros países. No podemos
conformarnos con ser meros agentes repetitivos de los que se hace o deja de
hacer en los países desarrollados. Justo porque la realidad se ha mundializado,
la enseñanza puede convertirse en una palanca impresionante para empujar al
crecimiento y la equidad.
La
ecuación siempre ha sido una instancia estratégica en la formación cultural y
en la adopción del compromiso social, tanto de las instituciones, como también
de los estudiantes, los profesores y los investigadores.

